BUENOS HOMBRES EN ALMEDINA

 

Ellos, en su mayoría hijos de la posguerra. Ellos, educados con la irrevocable decisión salomónica de un maestro con vara de avellano. Ellos, hermanos de muchos hermanos, unos hijos más de los tantos que se tenían en las familias. Ellos, reverentes a su tiempo, a sus causas, pero con un poso en su corazón de  rebeldía hacia el atropello que se daba.

Ellos tienen nombres y apellidos, y yo quiero, porque se lo merecen, “regalarles el oído” porque me apetece, porque fueron y son, grandes hombres, que a contratiempo hicieron lo que muy pocos, o tal vez los “elegidos” son capaces de hacer. Sin pedir nada a cambio, ellos, en la medida que pudieron, transformaron Almedina.

Honrados, capaces, hombres buenos y nobles, hombres como la copa de un pino que merecen más que un nombre de calle. Hombres voluntariosos, obreros, jornaleros, autodidactas. Hombres de principio a fin, de palabra y de hechos. Hombres que enarbolan el estandarte de la verdad, tanto, quizás más que el que sostiene el palio. Hombres de cabo a raya, íntegros, formales, decentes.

 

Hombres, personas que fueron, las que ya no están, y los que están, merecedores de todos mis respetos, consideraciones y estimaciones. Personas que son ante todo personas. Unos contribuyeron a fortalecer la vida democrática de nuestro pueblo a través de la refundación del Partido Socialista y del Partido Comunista, otros, o casi los mismos participaron directamente en la construcción e impulso de la Hermandad de San Cristóbal y San Isidro, con su trabajo desinteresado, loable, altruista, prefiriendo estar debajo de los pinos regándolos con sus cubas y tractores a estar detrás de la procesión. Tambien parte de ellos contribuyeron a modernizar la Cooperativa San Gregorio. Casi los mismos fueron los que mantuvieron la tradición del Baile de Ánimas hasta que la edad les invitó al descanso. Honradamente sacaron durante muchos años el Baile de Ánimas adelante, para luego donar el dinero para entre otras cosas, comprar bancos de madera para la Iglesia y la Ermita. No son, ni fueron hombres de tradiciones religiosas arraigadas, pero si tuvieron, y tienen presente la palabra de Jesús, de ayudar al prójimo, de poner la otra mejilla, de ser humildes con todas las consecuencias. Y lo fueron. Y lo son.   

 

Ellos, mantenedores de tradiciones, impulsores de la democracia, fueron, los que por desgracia no están, y son los que afortunadamente están, valores a tener en cuenta, a respetar, a considerar, a mencionar en cualquier ilustración histórica que haga referencia a Almedina en los últimos treinta años.  

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