Iglesia: al servicio de los humildes

Aunque Jesús de  Nazaret es, como dice San Pablo, "la piedra angular", sobre la que se construye la Iglesia, y por tanto el núcleo central del cristianismo, los apóstoles son el fundamento. El mensaje de Jesucristo ha llegado por ellos.

Los evangelios y demás libros del Nuevo Testamento, junto con la tradición oral apostólica, son el cauce a través del cual ha llegado ese mensaje inicial.

Estos libros y la tradición oral son tributarios de una época y de una mentalidad y circunstancias que hay que conocer y de acuerdo con ella interpretar. No cabe el puro literalismo.

Lo que parece clave en la interpretación de estas fuentes, es que Jesucristo no fundó una religión con estructuras y leyes concretas, sino que inició un movimiento liberador de las personas, fundamentado en la idea de un Dios único, padre-madre de todos, que da un sentido trascendente a la vida humana y crea una familia común de hijos y consiguientemente de hermanos.

El objetivo principal de Jesús y el de la comunidad por Él formada, con su prolongación en el tiempo, es establecer el Reino de Dios en el mundo: el triunfo de la verdad, la libertad, la paz, la justicia, el amor, que ofrece desde la sencillez y la humildad, hasta terminar en la cruz.

Los beneficiarios principales de su misión son los pobres y oprimidos, de acuerdo con las palabras de Isaías, que el mismo Jesucristo hace suyas, en la sinagoga de Nazaret: " Me envió a traer la buena nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos….." ( Luc.4,18).

El programa de vida que propone son las Bienaventuranzas: la felicidad para todos, conquistada con la sencillez y el servicio, como exigencias del amor, desde el desprendimiento y la humildad, y no por el poder, ni la imposición.

Cuatro son las características que deben distinguir a la Iglesia:

1. Ser comunidad de fe en Jesús, que acoge a todos de forma incondicional.

2. Su proyecto debe ser el de compartir lo que se tiene y lo que se es.

3. Tiene como tarea importante en su hacer, trabajar por la paz, siendo instrumento de reconciliación en la sociedad.

4. Debe celebrar con alegría y sencillez la fe que da sentido a su vida. Sin magia, y procurando que lo que se celebra (el amor de Dios revelado en Jesucristo) nutra la vida de los cristianos.

Así fue la Iglesia en los primeros siglos, auténtico fermento transformador en la sociedad. Ciertamente que las primeras comunidades cristianas se organizan de un modo muy sencillo, pero fue después, conseguida la libertad en el siglo IV, cuando la Iglesia se organiza al estilo del Imperio y empezó a perder muchos de sus distintivos característicos, sobre todo, en la Jerarquía. Se convirtió en la religión del Imperio, al que llegó a someter a su poder, no siempre en consonancia con los valores del Evangelio.

Poco a poco se fue configurando la idea de la Iglesia, como sociedad perfecta en el orden espiritual, que en razón de la superioridad de lo espiritual sobre lo material, según la concepción agustiniana, se impuso al poder temporal.

Se manifiesta como poseedora de la verdad absoluta, que se debe aceptar y defender.

Todo el mundo occidental se hace cristiano, de acuerdo con el principio: " cujus regio, ejus religio".

Se viven siglos de cristiandad (todos cristianos y sometidos a la Iglesia).

Al que disentía, ya en los primeros siglos de libertad cristiana, primero por medio de los mismos emperadores y después, durante bastante tiempo, por medio de la Inquisición, se le eliminaba o acallaba, sirviéndose del brazo secular, al que también interesaba por razones de sometimiento de súbditos y de unidad territorial.

En medio de toda esta negatividad, el mensaje cristiano llegó a nosotros y fue vivido en plenitud por algunas personas excepcionales (monjes-San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán y otros muchos, hombres y mujeres).

Es justo, sin duda, reconocer que en Europa, desde la invasión de los bárbaros, fue la Iglesia la que conservó y favoreció la cultura y ciencia en sus monasterios que luego acercó al pueblo humilde a través de las congregaciones religiosas que surgieron para ello en su seno. En algunos momentos, fue casi la única institución que se preocupó de los pobres.

De todos modos, a través de sus jerarcas, se fue constituyendo como un auténtico poder de signo temporal, que imponía su criterio a toda la sociedad civil y dirigía la cultura, la política y hasta la economía.

Ante esta realidad, en el siglo XV, en la época del Renacimiento, hubo una reacción de la sociedad civil, laicismo, contra la larga historia de la Iglesia jerárquica, que, muchas veces con el apoyo del poder temporal, impuso sus criterios y principios morales y religiosos a todo el mundo.

A finales del siglo XVIII, con la Revolución francesa, se procede contra la Iglesia Católica y la monarquía en Francia, de una manera violenta. Se le impide a la Iglesia su actuación, hasta entonces casi exclusiva, en las instituciones públicas. Se llega así a la separación Iglesia-Estado por medios violentos (laicismo e  sentido peyorativo).

De forma parecida fue también otros Estados modernos de Europa, a una separación real, que es la que se vive en las democracias europeas actuales, entre ellas España. Monseñor Ricardo Blázquez llama a esta situación actual " Laicismo sano".

Esta separación es la propugna el Concilio Vaticano II, en la Constitución " Gaudium et Spes", número 16: " El Estado debe respetar la libertad de la Iglesia, y ella no debe subsumir al Estado, subordinándolo a su voluntad. Debe respetar su legitimidad y autonomía. Lo que posibilita poder dialogar con todos los hombres de buena voluntad y colaborar con ellos en orden a la edificación de un mundo mejor".

Pero esta separación no niega a los cristianos el derecho a intervenir en el orden temporal, como cualquier otro ciudadano. Es más, desde la fe se tiene una obligación de compromiso personal o integrados en organizaciones políticas, sindicales, sociales…buscando con los demás ciudadanos, el mayor bien de la sociedad, sin discriminaciones, ni privilegios.

En la España franquista, aún después del Vaticano II, se mantuvo la confesión católica del Estado con los privilegios e influencia de la Iglesia, que se expresó en el nacionalcatolicismo.

La Iglesia, aliada con los vencedores de la guerra civil, de cuyo lado se puso, en contra de la República, vivió años de cristiandad al estilo de la Edad Media.

Los principios del Movimiento Nacional nunca fueron discutidos, y los derechos más elementales, como los de opinión, expresión y reunión, raramente fueron defendidos.

Los obispos y curas (hablo por experiencia) fueron uno de los pilares en que se apoyó el régimen.

Por los años sesenta del siglo pasado, en torno al Concilio Vaticano II, surgieron voces discordantes, sobre todo en el clero y en seglares responsables de distintas tendencias con su apoyo, que pedían y defendían la separación e independencia entre la Iglesia y el Estado.

Se marcaron dos corrientes muy definidas en los obispos y clero, en que había una mayoría progresista, que se reprimió oficialmente y con ayuda de los sectores más conservadores de la Iglesia, impidiendo que se celebrara la Asamblea conjunta obispos-sacerdotes que tan seriamente se había preparado.

Costó mucho después de la muerte de Franco, dar paso a la vida democrática y hasta a la hora de elaborar la Constitución hubo sus más y sus menos por parte de un sector de la jerarquía y clero.

De alguna manera se claudicó al introducir la referencia especial de la Iglesia Católica en ella.

Después en los acuerdos Iglesia-Estado, que sustituyeron al concordato de 1953, la Iglesia Católica quedó prácticamente con sus privilegios: clases de religión, mantenimiento económico, etc.

Teniendo en cuenta la experiencia vivida durante mucho tiempo, a la Iglesia, le cuesta trabajo ocupar el lugar que le corresponde en la sociedad plural y aconfesional o laica que vivimos y a eso se debe, creo yo, las manifestaciones de fuerza de parte de la jerarquía en defensa de sus criterios, con los que no estamos de acuerdo todos los cristianos.

Como dije al principio, mi concepción y la de muchos cristianos, no es la que defienden algunos jerarcas, sino la que intenta hacer realidad el sentido evangélico de la vida: el servicio, la humildad, la sencillez, la paz, el amor, la defensa del débil, la igualdad, etc., y que no quiere imponer nada por la fuerza.                                                                 

         Aurelio de León

 

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