Yáñez de Almedina más presente en El Prado tras su ampliación

Más de ciento veinte obras pertenecientes a la colección de pintura española medieval y renacentista, muchas de ellas no exhibidas hasta ahora, ocupan los espacios recuperados en el Palacio de Villanueva para el Museo del Prado.

El Museo del Prado ha culminado su ampliación con la reordenación de los espacios destinados a la pintura más temprana de su colección: los murales, tablas y lienzos que abarcan desde el siglo XII hasta el XVI; la línea artística que hilvana la sencillez del primitivo románico con el esplendor del Renacimiento español y sus influencias italianizantes. Siete salas que traban un exhaustivo recorrido por este periodo y que exhiben 120 piezas, algunas de ellas de reciente adquisición y que jamás se habían mostrado con anterioridad al público, como «La virgen de la leche», de Pere Lembri; «San Francisco de Asís» y «San Onofre», dos tablas firmadas por Fernando Yáñez de la Almedina, y «La crucifixión», de Juan Sánchez.

Salas renovadas
«Todos estos maestros tienen ahora una mayor visibilidad y accesibilidad. Son el manantial de la escuela española que atraviesa toda la pinacoteca hasta la contemporaneidad», comentó Miguel Zugaza, director de la pinacoteca madrileña, durante la presentación. Para recuperar y actualizar estos ámbitos, que se inaguraron ayer con la presencia de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y que hoy se abren al público, se ha vuelto a contar con Rafael Moneo. «Éstas eran las dependencias que Villanueva había reservado para la administración. No tenían, en principio, una salida a la plaza de Goya. Estaban literalmente metidas en el talud de San Jerónimo. Solamente fueron permeables a partir del siglo XIX», explicó el arquitecto, quien reconoció que «nosotros poco o nada hemos hecho, la obra es de Villanueva».

Una mirada al cielo
Las salas están dispuestas alrededor de la rotonda inferior de Goya, situada en la planta baja del edificio. En la rehabilitación se ha recurrido a una leve rampa para salvar el desnivel que separaba el recorrido  y se ha recuperado también un pequeño patio interior cerrado por una claraboya desde el cual puede contemplarse el cielo desde el interior del museo. «Es el único lugar que existe dentro de la pinacoteca en que esto resulta posible. Por eso tiene sentido que se contemple aquí esta parte de la colección, que es una pintura religiosa, hecha para la Iglesia y que servía para abrir el cielo», apuntó Gabriele Finaldi, director adjunto del museo.
Uno de los objetivos de Moneo era dotar a los frescos románicos de la ermita de San Baudelio de Berlanga y de la iglesia de Santa Cruz de Maderuelo de una estructura similar a la que tenían en sus edificios originales. Se han replicado los espacios de donde provenían, creando en el espectador la impresión de permanecer en una pequeña iglesia. En torno a esta réplica se han colocado las obras para que los visitantes las contemplen tal como estaban antes de que fueran trasladadas al Museo del Prado. «Es una sala muy bien preparada con un gran trabajo  de restauración de la capilla de Maderuelo que ha sido delicado. El resultado es una lectura nueva de estas pinturas murales», comentó Finaldi.
Otras piezas expuestas también han pasado por este proceso de limpieza y restauración, como es el caso del conocido «Santo Domingo de Silos entronizado», un retablo de Bartolomé Bermejo que se presenta por primera vez con el aspecto que tenía cuando se creó: respetando su marco de carácter arquitectónico. También se exhibe, después de su lavado de cara, «La Virgen del sufragio», de Pedro Machuca.

El recorrido pasa por las principales corrientes pictóricas de la Edad Media hasta 1570. Arranca desde la sencillez de las líneas del románico para ir desarrollándose a través de autores como Fernando Gallego, Bermejo, Paolo de San Leocadio, Pedro Berruguete o Juan de Flandes.  A partir de aquí se abre una nueva etapa: el Renacimiento. Sobresalen en este apartado algunos nombres, como el de Fernando Yáñez de la Almedina y su «Santa Catalina», un óleo que se aleja de las representaciones medievales y opta por una gran fuerza simbólica. También destaca «La última cena», de Juan de Juanes, una pieza de 1562 de un pintor mítico de la escuela española; «Descendimiento», de Pedro Machuca, o «Virgen con el niño», del pintor Luis de Morales, que es una obra referencial del museo.

Fuente: “La Razón” 25 Marzo 10 – J. Ors

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