La crisis y sus enseñanzas

Por Ismael Serrano

Mis amigos argentinos me preguntan cómo están las cosas en España. Yo les hablo de la crisis, del miedo, del drama del paro, de los ajustes estructurales, de lo que supone despertar del espejismo de un país con crecimiento frágil, hueco.
Después de escucharme circunspectos, no pueden evitar sonreír. ¿Crisis? Ellos saben de lo que les hablo. Forma parte de una rutina ineludible el enfrentarse al naufragio económico. Pero allí en España, me dicen, al menos hay un Estado que soporta, que ampara. Y yo asiento sin decir nada, preguntándome hasta cuándo.

La crisis de 2001 supuso un duro golpe para la autoestima argentina. La quimera de la paridad peso/dólar se mostró insostenible. Ellos, que se miraban en el espejo europeo, tomaron consciencia de su condición latinoamericana. Y por aquel entonces no había Estado que amparara. Había sido desmantelado por las sucesivas políticas neoliberales. Luego llegaría el FMI para gestionar la deuda e intentar imponer los ajustes estructurales que habían de padecer los de siempre.

Aquella crisis, como esta, era predecible. Pero el final del mundo sólo comienza cuando ha llegado a la puerta de tu casa, aunque antes haya devastado territorios vecinos.

Desde España, miramos con un cierto paternalismo los procesos políticos y económicos que vive América Latina. Y perdemos así la oportunidad de aprender de ellos.

Quizá podríamos aprender del empeño argentino por levantar la mirada cuando las cosas van mal. De su lucha heroica por recuperar la calma y las ganas de futuro cuando todo parecía derrumbarse.
En los días posteriores a la debacle de 2001, en Argentina, la ciudadanía recuperó el protagonismo arrebatado. Salía a la calle para exigir soluciones y responsabilidades. Se organizaban en los vecindarios para buscar marcos de participación y solidaridad. Los trabajadores recuperaron fábricas y empresas que habían sido abandonadas por sus propietarios y relanzaron los negocios. Algunas de ellas siguen funcionando en régimen de cooperativa.

Quizá sea el momento de que la ciudadanía española, la que en definitiva ha de pagar la factura de una hecatombe originada por otros, recupere ese protagonismo perdido y les haga saber a los que deciden y legislan que la crisis ha de ser una oportunidad para reformular el modelo de convivencia hacia un sistema más justo, solidario, equitativo.

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