La esfera armilar

Por: José Agustín Blanco Redondo

Segundo Premio en el XIV Concurso Literario de Relato Corto “Julio Camba” del Centro Gallego de Santander, noviembre de 2013.

                                                                                          “Cada nueva mañana

                                                                                           saldré a la calle en busca de colores”

                                                                                                                                    Césare Pavese

    La rutina es la peor de las compañías. Y don Claudio estaba acostumbrado a caminar a su lado, cada vez que salía de su casa, cada vez que acudía a tomar un café solo, corto de agua y sin azúcar a la taberna de la esquina, cada vez que se sentaba junto a la cristalera y extendía con avaricia el periódico sobre la mesa, cada vez que la camarera, siempre la misma camarera, le atendía con aquella reverencia estúpida y con ese tono de voz bronco, un sonido hosco, primitivo, como amasado en lo hondo de su estómago.

–        ¿Un café, don Claudio?

   El anciano no se molestó en mirarla. Sus pupilas, tras unas lentes circulares con montura de alambre, estaban ahora ocupadas, engarzadas en las columnas de opinión de la segunda página, la mente absorta en esas palabras técnicas que, a su pesar, cualquier indocumentado se sentía capaz de utilizar en estos tiempos de zozobra económica: déficit del estado, deuda de las administraciones públicas, inflación, castigo fiscal a las plusvalías cortoplacistas, eficacia del organismo de supervisión de la banca europea, agencias de calificación crediticia… La mujer continuaba de pie frente a la mesa, la espalda inclinada a medio camino entre un ataque de ciática y el saludo a una eminencia eclesiástica, en silencio, la mirada perdida en algún lugar del trajín callejero -un perro vagabundo olisqueando las esquinas, la vieja mula de Aparicio uncida al viejo carro de varas, el afilador amparado por la melodía de su armónica, un par de ancianas marchando a mostrar sus lutos en los adentros de la iglesia- que animaba el otro lado de la cristalera, la boca torcida en una mueca extraña, como de temor entreverado de hastío. Esperó allí, encogida, como una escultura de alabastro a medio terminar, hasta que don Claudio tuvo a bien contestar, sin palabras, apenas un gañido breve de asentimiento almidonado con ese carraspeo que acostumbraba a utilizar cuando algo o alguien le molestaba profundamente. Fue suficiente. La camarera enderezó tímidamente su espinazo y con un perceptible arrastrar de pies dirigió su cuerpo -una fallida escultura de alabastro-, hacia la barra, en busca de un pedestal sólido donde aposentarse, en busca de un café solo, corto de agua y sin azúcar.

   Las mejillas de don Claudio colgaban en pliegues delgados del borde inferior de sus quijadas. Sus manos parecían ramas mustias de higuera y había en ellas, y en su manera de apretar los párpados, y en la tenacidad con que rechinaba las muelas, un aire de amanuense consagrado a la estricta tarea de reflejar en su mente esos trazos cotidianos que enturbian el concepto de reposo, de evasión mundana, de profunda, deseada meditación. No en vano don Claudio era maestro, el maestro del pueblo, el único enseñante que había tenido el valor de quedarse en aquel rimero de casas apartado de las rutas comerciales y turísticas, apartado hasta de la memoria de los que, hace ya demasiadas décadas, emigraron con el convencimiento de no retornar jamás. Y aunque hacía muchos años que la jubilación le había retirado de los afanes escolares, él continuaba asistiendo cada día al colegio público tras leer el periódico en la taberna de la esquina. Y lo hacía así, quizá, porque no se fiaba demasiado de esos novedosos métodos didácticos aplicados por Rosario, una mozalbeta criada en una ciudad de provincias que despeñaba por su nuca una media melena del mismo color de la cebada. Rosario tenía la sonrisa lánguida y una manera de mirar que sabía cómo desleír en instantes las pupilas del viejo profesor. Y cuando hablaba, lo hacía con una lenidad conciliadora, casi hipnótica, capaz de disolver el rencor trabado en las conciencias y la maldad emboscada en los corazones.

   Don Claudio atravesó el patio del colegio durante el recreo, deprisa, esquivando las carreras y requiebros de los niños, evitó saludar a la señora de la limpieza torciendo el cuello en un esfuerzo casi inhumano y se dirigió a la sala de profesores, una estancia que él recordaba siempre en penumbra, con aquellas pesadas cortinas de cretona velando la luz del sol. Ahora no había cortinas, sólo un visillo de lino con la vainica bordada de motivos infantiles, un velero, un osito, un balón, la sombrilla de una playa. La librería de madera de haya que en sus tiempos albergó los setenta tomos negros -más los apéndices y suplementos- de la enciclopedia Espasa, ahora soportaba libros de literatura infantil y juvenil, coloridos volúmenes de historia y arte, cuadernos de actividades y diccionarios de Inglés y de la Real Academia Española. Sobre la mesa de nogal que tantos años utilizó como despacho, parecía levitar el pescuezo de un monitor de pantalla panorámica que secretaba a derecha e izquierda cables uncidos a extraños artefactos salpicados de diodos luminosos. Don Claudio enseguida echó de menos el cartapacio de cuero repujado sobre el que trazó durante lustros su cuidada caligrafía inglesa, utilizando, por supuesto, folios de alto gramaje con marca de agua y la tinta púrpura de su pluma Montblanc fabricada en Alemania en el sesenta y siete. Lo único que permanecía en su posición de siempre era la esfera armilar, una antigüedad elaborada en bronce que presidía la cornisa de la librería desplegando sus elegantes anillos y brazaletes graduados –el ecuador celeste, la eclíptica, los paralelos y los meridianos astronómicos- con los que se determinaban -algunos decían que desde la Grecia Clásica-, las coordenadas celestes de los astros. Un profano en la materia podría suponer que regulando los anillos de aquel artilugio se podría calcular el movimiento de los planetas alrededor del sol en cualquier época del año. Pero don Claudio sabía que aquella esfera de principios del siglo XVI se ensambló antes de que Copérnico divulgara su teoría heliocéntrica y fuera condenado por ella en todo Occidente, tanto por la iglesia católica como por la protestante. Sí, aquel artefacto de bronce situaba al planeta Tierra como centro del universo, con los diferentes astros sometidos a su dictadura gravitatoria.

–        ¡Ah, don Claudio, está usted aquí!

   Su voz gorgoteó fresca, limpia, como recién surgida del caño de una fuente. Rosario intentó detener sus pupilas en las de don Claudio, pero éste, sabedor del poder fundente de aquella mirada, se hizo el despistado mientras hojeaba uno de los nuevos libros de historia contemporánea, ignorando las palabras de la maestra. La joven persistió en su empeño por arrancarle un saludo, un comentario banal, algún detalle que demostrara que en aquella sala había alguien más que aquel abuelo egocéntrico y caprichoso, pero don Claudio se escabulló hacia el pasillo dándole la espalda y canturreando una gastada coplilla de la posguerra. Rosario rezongó en voz baja, recibiendo en seguida el gesto y el comentario solidarios de la señora de la limpieza que acababa de coincidir felizmente con el anciano en el pasillo, justo cuando éste atropellaba su carrito para emprender una huida apresurada y sin disculpas hacia los servicios. Mientras recogía el estropicio de cepillos, botes de amoníaco, bayetas, cubos y fregonas, la mujer se lamentó con esa amargura que acompaña a lo inevitable:

–        Este hombre no tiene remedio. Le falta educación y le sobran las manías, pero a ver quién es el guapo que se atreve a echarlo de lo que aún cree que son sus dominios.

   La maestra asintió resignada, mientras pensaba que en el fondo la escuela no sería la misma sin las visitas de aquel peculiar personaje. Deslizó su mirada hacia la esfera armilar, concentró las pupilas en la pequeña bola que ocupaba el centro de la misma y que representaba a la Tierra, sonrió levemente y se dijo a sí misma que tal vez debería dejar claro al anciano que él no regentaba el centro del universo.

…………………………………  

   La rutina es la peor de las compañías. Pero cuando te acostumbras a su tacto cálido, sedoso, es difícil prescindir de sus caricias. A menudo resulta imposible. Aquella mañana, como cualquier otra, don Claudio se levantó temprano, se afeitó con la misma meticulosidad del que va a contraer matrimonio en el convento de los Jerónimos de Madrid, se ajustó el nudo doble de la corbata, se lustró convenientemente los zapatos y salió a la calle con un solo destino, un café solo, corto de agua y sin azúcar en la taberna de la esquina. Nada más pasar al local su paciencia resultó desbordada por una realidad inédita, insoportable. Emitió un ronquido de fastidio, oscuro, penetrante, como el estertor de una bestia moribunda, un ronquido de intensa desafección al comprobar que su mesa del ventanal se encontraba ocupada por dos jovenzuelas de pantalones ajustados y cabello tan negro como el plumaje de un cuervo. Además, la señora que limpiaba las aulas del colegio se acodaba en la barra dando buena cuenta de una tostada restregada con tomate mientras parecía estudiarse a conciencia la primera página del periódico del bar, un periódico que por tradición, por trienios cumplidos o por simple lógica de superioridad intelectual le correspondía a él y sólo a él abrirlo, leerlo por vez primera.

   Se sentó a hurtadillas en la mesa aledaña a la de las dos muchachas y esperó a que la camarera, la misma escultura fallida de siempre, acudiera a formularle aquella estúpida pregunta de todas las mañanas. Don Claudio se entretuvo descomponiendo su rostro en gestos extraños, azarosos, enfurruñados, dos minutos, cinco, diez, tal vez un cuarto de hora. La camarera permanecía tras la barra, ajena a su presencia, la mirada absorta tras el cristal, contemplando los trajines evacuatorios de un perro vagabundo sobre un arriate, los trancos cansados de la vieja mula de Aparicio, la peregrinación de lutos compungidos hacia la iglesia. A don Claudio comenzaron a sudarle las manos y las sienes, necesitaba como nunca de su atención servil, de aquella reverencia que le doblaba su espinazo de alabastro, de aquella pregunta manida que él respondía con un gañido abrupto y un gesto de asentimiento. El sentirse ignorado, excluido, vapuleado por toda aquella leva de satélites que, como en la esfera armilar del que fue su despacho, debía rotar eternamente a su alrededor, atenta a sus caprichos, subyugada por sus más ínfimos deseos, le apresuró los latidos del corazón, le secó la boca hasta trocarla en un revoltijo de estopa y le obligó a abandonar la taberna a la carrera, por entre ahogos asmáticos y un palpitar de sangre en los parietales jamás experimentados antes.

   Intentó buscar descanso en el colegio. Los niños acababan de terminar los veinte minutos del recreo y un silencio hermético se abatía sobre el patio. El anciano accionó el picaporte. La puerta de hierro estaba cerrada. Golpeó la aldaba, presionó el timbre, intentó asomarse por encima de la verja tramada de madreselva. Nadie salió a abrirle. Su último refugio se negaba a acogerle, alguna maldita predestinación se empeñaba en excluirle de sus más rancias rutinas. No supo qué hacer, quizá lo mejor fuera encerrarse en su casa y meditar despacio sobre todo lo sucedido durante aquella mañana aciaga. Al darse la vuelta, una niebla densa veló sus pupilas, las palpitaciones del corazón aumentaron su cadencia, el pulso borboteó en sus sienes. Sintió una presión aguda en el pecho, en la boca del estómago y dolor, mucho dolor en la mandíbula y en el brazo. En el brazo izquierdo.

………………………………..

  Como todas las tardes, desde que abandonó el hospital, don Claudio invirtió aquella en soledad, paseando por el paraje de los Álamos Blancos, un bosquecillo que surgía como por ensalmo en medio de un valle al que acudían laderas abarrancadas de arcilla, maltratadas por la erosión de las lluvias del otoño y la primavera. Un muro natural de piedra arenisca cerraba el valle hacia el mediodía. Sobre esas rocas se recostaba el tronco tullido, desgarrado de un álamo centenario que elevaba hacia el cielo una sola rama viva, verde, ahíta de savia fresca, como un dinosaurio herido buscando un sostén, una bocanada de aire puro en los estertores de su agonía. El anciano avanzó sobre un lecho de hojas grises mientras el último sol de la tarde reverberaba sobre un remanso del arroyo. Un reflejo extraño, como un haz intenso de luz blanca le hirió súbitamente las pupilas. Don Claudio interpuso su mano para evitarlo y así, con la mano protegiendo sus ojos a modo de escudo, comprobó que procedía del tronco corrompido del álamo centenario. Se acercó dando un rodeo, con precaución, encorvando la espalda y hundiendo la cabeza en las escápulas, mientras el haz de luz parecía buscar hábilmente su rostro, sin tregua, iluminando su frente, las lentes circulares con montura de alambre, el cuello, sus hombros. Don Claudio arrojó una piedra hacia la luz, arrancando del tronco una llovizna de astillas carcomidas. Fue entonces cuando un chaval de unos diez años se escabulló por entre el hueco formado por el árbol al apoyarse sobre las rocas de arenisca. El muchacho tropezó en su huida con una raíz, cayendo de bruces sobre el tapiz de hojas grises mientras soltaba un pedazo de espejo de esos que se encastraban por entre la cal de las paredes de las quinterías para facilitar el afeitado a gañanes y jornaleros. Don Claudio caminó hacia el chiquillo, muy despacio, recogió el trozo de espejo, extendió su mano hacia el muchacho, le ayudó a incorporarse y sonrió por primera vez en muchos años, con franqueza, revelando arrugas inéditas en sus mejillas, satinando los contornos de su rostro, alumbrando reflejos de nácar en la mirada.

–        Vamos, arriba, que no ha sido nada. Reconozco que has logrado sorprenderme, muy buena esa broma del espejo. Por cierto, ¿saben tus padres que estás aquí?, ¿no deberías estar terminando los deberes del colegio?

   El chiquillo no se amilanó y respondió a sus preguntas con un silencio sosegado, los brazos en jarras, los ojos muy abiertos y una sonrisa de incisivos blancos y separados, quizá la más amplia sonrisa que don Claudio había contemplado jamás. Luego salió corriendo ribera abajo, hacia los huertos y las higueras que se apostaban a la entrada del pueblo. El anciano siguió su huida con las pupilas aún encendidas, la mano sosteniendo el pedazo de espejo, mientras la luz última del sol de la tarde se reflejaba en su superficie azogada, en el remanso del arroyo, en los frutos bruñidos de ámbar de un membrillo que vencía sus ramas hacia el agua detenida del arroyo.

   Don Claudio recolectó una docena de membrillos, los más hermosos, los más maduros, los que habían ya abandonado su tonalidad verde para vestirse de un amarillo intenso con brillos de ámbar, los que aún no habían sido elegidos como moradas para las orugas. Pensaba regalárselos a Patricia, la camarera de la taberna, a Angustias, la limpiadora del colegio, a Rosario, la maestra de mirada fundente, sonrisa lánguida y media melena del color de la cebada. El aroma a membrillo en las estancias de las casas resultaba de lo más relajante. Seguro que se lo agradecerían con una de sus mejores sonrisas.

   Antes de marcharse, el anciano atrapó el sol de aquella tarde de otoño con el espejo y lo irradió contra el tronco vencido del álamo blanco, hacia la pared de piedra arenisca, sobre el agua remansada del arroyo, tras la alargada sombra que proyectaba su cuerpo sobre el lecho de hojas grises, convencido, al fin, de que todos girábamos, con mansedumbre o tal vez abruptamente, alrededor del sol en la gran esfera armilar de la vida, de que todos nos necesitábamos en nuestro periplo cotidiano y de que nadie, ni siquiera él mismo, resultaba imprescindible en este apasionante, fugaz e insoslayable devenir de la existencia.

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