Alonso de Almedina y el umbral de la vida

Rodrigo de Narváez, quién fuera Regidor de la villa del Almedina desde 1565 hasta 1580, año en el que falleció, estaba casado en primeras nupcias con Catalina Sánchez y en segundas con Francisca González, con quién tuvo un hijo que falleció a los pocos días de nacer. No tuvieron más descendencia.

En la madrugada del 1 de enero de 1581 un fuerte golpe en la puerta de la casa en la que vivía sola Francisca, viuda de Narváez, situada en la calle Zacatín, hizo que saltara de la cama, encendiera el candil y saliese precipitadamente a la calle para averiguar el origen del golpe. A un lado y al otro de la calle oscura, no vio a nadie, tan solo oyó unos pasos que presurosamente se alejaban del lugar. Decida a volver a entrar en la vivienda, aún con el susto en el cuerpo y el corazón en la garganta, el renqueante llanto de un bebé, hizo de nuevo que su corazón volviera a palpitar rápidamente, pero esta vez no de miedo, si no de un sentimiento encontrado mezcla entre pánico y ternura.

Se acercó, candil en mano, hasta el umbral de las portadas de su vivienda, apenas distantes ocho o diez metros de la puerta de entrada, y allí encontró un envoltorio de trapos del que salía el cada vez más alterado llanto del bebé. Volvió a girarse hacia un lado y otro de la calle, para obtener cualquier atisbo de respuesta ante lo que estaba sucediendo, viviendo y sintiendo.

imagesFrancisca recogió entre sus brazos el envoltorio de trapos viejos, sucios y rasgados, con el bebé dentro, entrando en su vivienda con la sensación de estar robando algo. Encendió las velas de su habitación, desenvolvió al bebé, que calmó su llanto al sentir la protección del cuerpo de la mujer y el calor de la vivienda, y Francisca rompió a llorar, quizás por el hijo que le falleció al poco de nacer, quizás por la inmensa pena que sentía hacia ese pequeño ser al encontrarle tan desprotegido.

Prendió los restos de leña y rescoldos que aún humeaban de la chimenea de la noche anterior para calentar un caldero de agua y así poder lavar la sangre seca que el bebé tenía por el corte del cordón umbilical.

Al amanecer, antes de que las calles de Almedina volvieran al bullicio del día primero de Año, Francisca, con el bebé en brazos se acercó hasta la casa del Padre D. Pedro Martínez…

(Continuará)

© Antonio Alfonsea Patón, 2014

 

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